La entrega de Julian Assange por parte del gobierno ecuatoriano para finalmente ser sometido a la inquisición del poder occidental es un capítulo trascendental en la guerra entre quienes controlan la información y quienes pugnan por el acceso libre y democrático a la misma, sobre todo en este mundo en donde la mayor parte de la población subsiste controlada por fake news.

Como si la historia de la pugna por el acceso a la información nos gritara, el caso Assange por muy poco no coincide con el cuadragésimo aniversario del Informe MacBride. En 1980 el irlandés Sean MacBride, fundador de Amnistía Internacional y premio Lenin y Nobel de la Paz, presentó el informe que lleva su nombre con el fin de estudiar los principales problemas de la comunicación.

El documento tuvo como lema “Voces múltiples, un solo mundo”, fue discutido en la UNESCO y promovía políticas nacionales sobre comunicación, lo que provocó que se fueran de la UNESCO Estados Unidos y el Reino Unido.

Según el informe, circulan en las sociedades un gran volumen de información, en forma vertical, desde arriba hacia abajo. Pero esta información suele ofrecerse sin discernimiento y no ha sido concebida en función de exigencias y necesidades humanas. En síntesis: es mucha, pero tanta que confunde. Y no sirve. Una carga excesiva de información inservible es una fuente de confusiones, alienación y pasividad. O sea, control social.

De ahí que quienes controlan y generan información sean quienes detentan el poder real. No solo entre humanxs. Sino entre países y corporaciones. Por eso que Assange es visto como un terrorista de la información. Porque con Wikileaks abrió la caja fuerte de los infopoderosos.

La corporación que nuclea a todas las corporaciones (política, judicial, mediática)  controla el flujo informativo en beneficio propio y perjuicio de la población, aún cuando gran parte no se percate de esto. La concentración comunicacional genera el discurso único neoliberal.

Paradójicamente, en el mundo de las libertades individuales no todos tienen acceso a la misma información. En ese sentido, el Informe McBride señalaba que “los derechos humanos no pueden existir sin la libertad de palabra, de prensa, de información, y de reunión. La transformación de esas libertades en un derecho individual o colectivo más amplio a comunicar es un principio evolutivo en el proceso de democratización”.

Y agregaba que las necesidades de “una sociedad democrática en materia de comunicación deben quedar satisfechas mediante la formulación de derechos específicos tales como el derecho a ser informado, el derecho a informar, el derecho a la protección a la vida privada y el derecho a participar en la comunicación pública, que encajan todos ellos en el nuevo derecho a comunicar”.

Parafraseando a Cristina, las luchas por la libertad y la justicia social en el mundo actual ya no son reprimidas o controladas con los fierros que matan, sino con los fierros mediáticos que matan socialmente. El mundo que se permite coqueteos con el fascismo por parte de Trump asiste al arresto de Assange por el delito de democratizar la información.

El conocimiento es libertad. La verdad es imprescindible para la democracia y la justicia social. La verdad es el tesoro que no ves.

Por: Nacho Otegui