Bombardeos en Siria, atentados en Afganistán, Irak y Turquía. Ataques en Londres, Manchester, París, Niza, Münich, Estocolmo, Manila. La lista es interminable. El mundo está en guerra. Una guerra que no es convencional. O al menos no se encuadra en las características de los conflictos bélicos con bandos identificados por pertenencia a un Estado o una nación.

Al igual que los verdaderos gobernantes globales, las corporaciones multinacionales, el terrorismo que se atribuye ISIS no entiende de fronteras. Ambos actúan sin importar a quien afectan. Al poder real (las corporaciones) ISIS le sirve. Con el miedo gobiernan con facilidad. Además, un detalle: Con DAESH (nombre árabe del citado grupo yihadista) las corporaciones petroleras negocian. Es su principal sustento. Y obtienen mejores contratos que con un Estado nación.

Pero lo más importante es que se generan poblaciones dóciles que ceden libertades a cambio de (supuesta) protección contra la amenaza terrorista. Así pasó en EE.UU. con la Patriot Act de 2001 y en Francia con el estado de excepción iniciado en diciembre de 2015.

Además, es caldo de cultivo para la ultraderecha, que no es más que una categoría más del imperativo capitalista. Con un discurso básico y chauvinista comienzan a fustigar contra inmigrantes y refugiados. El triunfo del Brexit en el Reino Unido tuvo esa base. Y luego del triple atentado en Londres la premier Theresa May sostuvo que en su país “hay demasiada tolerancia”.

Bajo el pretexto de la inseguridad, los Estados, en lugar de asumir su responsabilidad como garantes de derechos, responden restringiendo nuevos derechos mediante reformas legislativas que limitan la libertad de expresión, de manifestación, de asociación y de acceso a la información, entre otros. Este proceso se da en un contexto de negación o restricción de derechos, que normalmente afecta a la calidad de vida de los sectores más desfavorecidos.

Por eso ISIS es funcional al neoliberalismo. El terrorismo genera miedo, ese miedo permite que el gobierno tome medidas restrictivas las cuales en su libre interpretación generan la posibilidad de cercenar la protesta social y reprimir y castigar a la oposición real.

Inserción en el mundo

En fin, la Argentina estaba al margen de eso. Latinoamérica estaba al margen. Ahora el Presidente Macri y su “reinserción en el mundo” accediendo a los pedidos de Trump nos mete en una guerra en la cual no tenemos nada que ver. Y en ese conflicto vale todo tanto para las corporaciones, sus personeros (como Macri) y el ISIS.

Al igual que con las relaciones carnales de los años ’90, la Alianza Cambiemos cede ante todo pedido norteamericano, desde los derechos de televisación del fútbol hasta la compra de armamento pasando por castigar a Venezuela en cuanto foro se pueda. Recordemos que a cambio de ”inversiones” Menem en su momento envío dos corbetas a la Guerra del Golfo en 1991. Vaya a saber que le pidió Trump a Macri a cambio de comprar limones.

Entrar en la vorágine norteamericana guerrera nos ubica como blanco, algo que, sin embargo, a los gobiernos como el nuestro le es maquiavélicamente útil para criminalizar la creciente protesta social y cercenar libertades individuales y colectivas.

Partiendo de la base de la lucha antiterrorista se pondrá como excusa la infiltración del islamismo radical en América Latina. El punto álgido que señalan desde la inteligencia norteamericana como base del accionar del terrorismo yihadista es la Triple Frontera entre Argentina, Brasil y Paraguay. No en vano buscan instalar una base militar en esa zona (además de otra en la Patagonia, mirando hacia la Antártida).

Ya desde el gobierno y sus medios adictos han iniciado una estrategia de represión política, implementada mediante la difamación, deslegitimación y judicialización, para debilitar y romper el tejido social bajo argumentaciones relativas a la seguridad ciudadana, siguiendo el modelo que España impuso primero en el País Vasco, utilizando como excusa la presencia de ETA, y que luego extendió a todo el territorio por el terrorismo yihadista.

Para la ceocracia esto es imprescindible, porque el modelo de ajuste salvaje no cierra sin represión. Sospechosos y víctimas somos todos aquellos que reivindicamos derechos ante el poder real.

Por Nacho Otegui